Estimado Gumucio,
Te escribo un poco desconcertada
por la columna publicada
en LUN y titulada “Lejos, muy lejos”, donde opinas
sobre las protestas contra Hidroaysén. Soy una lectora frecuente de tus textos,
amante de tu pluma y mal acostumbrada a tu irreverencia y a la gracia de tus
análisis. Por eso estoy desconcertada.
Con todo respeto, creo que si no sabías de qué estabas hablando, más honorable hubiese sido guardar silencio[i]. No por censura, no porque opines distinto a mí, sino porque tus falacias nos hicieron daño. Somos actores legítimos del debate público y merecemos que nuestra opinión sea valorada con justicia.
Los ciudadanos que manifestamos nuestro repudio a Hidroaysén y a otros proyectos que vulneran nuestros derechos, somos actores que históricamente hemos estado en desventaja frente a los intereses de los grandes empresarios. Actores con recursos limitados, obligados a suplir con sacrificio y esfuerzo, los abismos que nos separan de los millonarios (aún cuando, por esta vez, tengamos a un millonario en nuestras filas; ese abismo, no deja de ser abismo).
Mientras ellos pagan una campaña de marketing que se trasmite por TV en horario prime. Nosotros dedicamos los fines de semana para salir a la calle a repartir panfletos y convencer uno por uno, a los ciudadanos distantes. Lo que ellos consiguen solo con el gesto de sacar la chequera de su bolsillo, nosotros lo logramos después de un par de años de trabajo constante y sonante.
Por supuesto que en nuestras filas hay gente impura y digna de repudio[ii]. No somos ingenuos. Pero no son más que los impuros que habitan en cualquier pega, en cualquier familia y en cualquier rincón de Chile; sea cual sea la ideología que profesen, sea cual sea la religión que profesen. Y estoy segura de que nuestros impuros, proporcionalmente hablando, son menos que los impuros que dan vida a las cúpulas políticas y a las cortes de los súper ricos del planeta.
Por eso, no creo que la impureza sea un argumento válido para hablar de política.
Primero, ¿conoces tú, Rafael, a alguno de los miles de manifestantes que salieron a la calle, o hablas desde los prejuicios? Y aún si los conocieras y unos cuántos te cayeran mal, ¿Ellos representan un porcentaje lo suficientemente considerable como para generalizar de manera tan brutal como tú lo haces? Segundo, ¿quién no tiene un lado oscuro? ¿los santos? ¿los escritores? ¿no te parece oscuro también, poner la pureza de tu arte literario al servicio de los intereses macro económicos? Por último, suponiendo que la impureza fuese realmente significativa entre los protestantes, ¿No crees que es infinitamente mayor entre los defensores de Hidroaysén?
Hay momentos como este, en que siento tanta indignación frente a la injusticia y tanta impotencia frente a la impunidad de los poderosos; que desearía que se abriera el cielo y se asomara el dios de los cristiano exclamando: “¡Dejen este simulacro de amor al prójimo, manga de degenerados, a mi no me pueden engañar!”.
Ahora, de tu columna se desprende que te indigna más la violencia explícita de la calle que la violencia solapada de Hidroaysén o de Hinzpeter.
Por eso, quiero hacerte una invitación. Ven a la protesta con nosotros y comprueba con tus propios ojos, cuál es el origen de la violencia. Sólo puedo decirte al respecto, que los encapuchados han sido siempre sobrevalorados por los medios de comunicación. Más hace ruido un árbol cayendo, que un bosque que crece sin prisa pero sin pausa.
Además de impuros, en tu columna nos acusas de fanáticos e incoherentes.
¿Por qué calificar de fanatismo un acto de protesta? ¿Por qué calificar de incoherente un acto de protesta? ¿Por qué calificar de visceral la indignación racional de un pueblo frente a la destrucción de su hábitat, por extranjeros y megaricos? Te lo pregunto porque en tu columna están ausentes los argumentos que sostienen sendas afirmaciones.
Tú mismo reconoces que estás lejos y que no conoces el tema. Entonces, ¿por qué descalificar tan gratuitamente a los que sabemos de lo que hablamos, a los que estamos conscientes de las consecuencias que traerán las represas; y por estar tan conscientes, nos desborda la indignación y la impotencia? ¿No te parece irresponsable emitir una opinión sin fundamento, sin haberse informado bien, antes de escribir una columna cuyo nivel de impacto es mucho mayor que la influencia que tienen los ayseninos rasos, que llevan años luchando contra Hydroaysén?
Sé por experiencia propia que nadie que no haya pasado por aquí, por el activismo político, por la lucha social, puede siquiera imaginar lo que cuesta oponerse a la voluntad de los poderosos. Si no han pasado por aquí, no pueden imaginar el cambio radical que introduce en nuestras vidas, la decisión de sumarse a una causa democrática, a la defensa de los treinta derechos humanos. Nuestra opción no tiene ni una sola arista fácil de resolver, por eso ofende que nos juzguen a la ligera.
En este contexto, te digo, sólo una persona que jamás se ha movilizado por una causa justa, podría afirmar tan suelto de cuerpo, que “nada te moviliza más que las causas que no cambian en nada tu vida práctica”. Qué pena, Rafael, sabes mucho de cúpulas políticas, pero nada de movimientos sociales. Tu paradoja está vacía de sentido.
Si nunca has visto a nadie protestar contra el plan regulador de Santiago, es porque llevas mucho tiempo lejos de la calle; quizás conviviendo con personas que hablan de política como quien comenta una partida de golf; e imaginando que tu reducido círculo social es Chile.
Tú afirmas que Hidroaysén está lejos, muy lejos. ¿Lejos para quién? ¿Para los 100 mil habitantes de la región de Aysén, que por ser pocos, parecen ser insignificantes? ¿Para los aiseninos que se sacaron la cresta luchando contra Alumysa, y que apenas terminaban de cantar victoria, cuando ya tenían que ponerse en guardia para pelear contra las represas? ¿Lejos para los que amamos a esos aiseninos porque son nuestros compatriotas, y que hacemos carne la palabra solidaridad cuando salimos a la calle a defender sus derechos?
Hidroaysén no está lejos ni en tiempo ni en espacio. Mil seiscientos kilómetros no son nada en un planeta pequeño como el nuestro, de apenas 12 mil kilómetros de diámetro. Diez o veinte años no son nada, cuando el futuro tiene los días contados.
Hablar de lejanía en este caso, es tan mediocre, es tan cortoplacista; que solo los ciegos y los tuertos pueden usar un argumento como este para descalificar la protesta; los ciegos o los avaros, que no pueden mirar un árbol sin calcular la leña.
La verdad, no consigo descubrir las razones que te animaron a escribir esta columna. Más bien leo fanatismo y una reacción muy visceral, de alguien que se siente amenazado por la rabia, por la rebeldía de los inconformes; de alguien que teme que el desorden público llegue algún día, a la puerta de su hogar.
Mala leche, Rafael, mala leche.
Saludos Cordiales,
Francisca Licarayén
[i] “Tampoco mis conocimientos en torno a la energía y a la economía son suficientes para que pueda sentir con claridad que el destino del país se juega allá en Coyhaique”.
[ii] “Se muchas cosas que me llevan a protestar, y otras tantas, a dudar de la efectividad o de la pureza de los que protestan. Una de las cosas que más dudoso me ponen es justamente la energía con que algunos pocos locos ponen en esa protesta”…. “Porque nada produce más fanatismo que lo que no te importa”.
Haga click aquí, para leer la columna completa de Gumucio:
http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2011-05-10&PaginaId=2&bodyid=0


Francisca, te agradezco la lectura tan apasionada de mi columna. Creo que en parte el espacio o la hora en que esta se escribió la hacen incompleta y torpe. No niego la autenticidad de todos los que luchan contra las represas, ni comparo la exaltación de unos pocos militantes con la violencia desatada de los carabineros anoche. Me parece que Patagonia sin represa ha tenido el valor de poner en tabla un debate pendiente y olvidado, el de la energía en chile. Abrir ese debate significa aceptar también las distintas posiciones que pueden salir de él. La mía es escéptica y dudosa. Creo que sería un paso importante para tu movimiento que pudiera admitir que esas dudas y ese escepticismo no nace de la nada, que tiene que ver con la naturaleza misma del debate y por el tono destemplado y confuso en que se desarrolla. Mi corta vida me ha enseñado a escuchar a los que dudan, a los que ven las cosas de otra formas, los que no ven las mismas urgencias o temores que yo. Permítame repetirte que quienes no dudan en el fondo no creen.
Echarle a la culpa a los multimillonarios y la prensa es ignorar los existos que sin ellos han logrado. Ese existo merece justamente ser capaz—aunque parezca ya demasiado cansador—dialogar con los que admitimos no saber que seremos siempre más honestos que los que no lo admiten. Quedo a tu disposición si quieres empezar ese debate de fondo-
Un abrazo
Rafael.