"La prensa debe aprender de lo ocurrido (Watergate) que lo que el gobierno dice puede no ser verdad, que el gran defecto de la prensa, su gran defecto reciente, ha sido su tendencia a aceptar la palabra del gobierno, a pesar de la repetida evidencia de que el gobierno puede estar mintiendo". (David Wise, La Política de la Mentira)
Donde dice gobierno, léase poder, cualquier clase de poder. Donde dice prensa, léase medios, cualquier tipo de medios masivos. Así se obtiene una regla de oro para el periodismo que viene: un periodismo vigilante e indócil; documentado y preciso; quirúrgico y sin anestesia. Un periodismo que explora de oficio la cuarta dimensión de las historias, aquella que no se encuentra gratis, sino que se trabaja contra las argucias del poder y del sentido común. Como ha advertido Pedro J. Ramírez: "Nadie dijo que entre los muchos atractivos del periodismo figure la comodidad". (Rafael Otano, El Oficio de Mirar)
Fuente: Hazte Ver, Diciembre 2009
Hay un síntoma que siempre deja en evidencia al periodismo nacional. Una comparación odiosa, pero inevitable. Los periodistas colombianos, brasileños o mexicanos que ejercen el oficio con independencia y rigor, corren el riesgo de ser asesinados. Desde 1987 a la fecha, la Federación Latinoamericana de Periodistas ha informado de 121 periodistas muertos en Colombia, 71 en México, 31 en Brasil, 22 en Guatemala, 19 en Perú y 15 en El Salvador.
Y son estos países los que desarrollan el periodismo más audaz del continente.
Solo por poner un ejemplo: en el premio que entrega el Instituto Prensa y Sociedad, IPYS, a la mejor investigación periodística de un caso de corrupción en América Latina; los periodistas brasileños han sido finalistas quince veces, los colombianos trece, y los mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños y peruanos, cinco veces cada uno. Caso aparte es el de los periodistas argentinos que han sido finalistas casi veinte veces.
Chile ha sido finalista una sola vez, con una investigación realizada por el equipo del Centro de Investigación e Información Periodística, CIPER, institución independiente y sin fines de lucro, fundada el 2007 por Mónica González y John Dinges.
Esto, pese a que en Chile, los periodistas que ejercen el oficio con independencia y rigor, sólo corren el riesgo de perder la pega.
En los últimos años, sólo un periodista se ha rebelado contra sus patrones: un crítico de cine del suplemento Artes y Letras de El Mercurio, quien renunció porque no le aceptaron una columna de opinión sobre el documental “El diario de Agustín”, el trabajo de Ignacio Agüero que pone en evidencia el rol del “decano de la prensa” en la dictadura militar.
Por supuesto, la comodidad de los periodistas chilenos no es el problema mayor. La comodidad es simplemente la cómplice del pez gordo que le da de comer.
Salvo honrosas excepciones (CIPER, El Mostrador, El Ciudadano, Radio Bío Bío y CNN Chile), en Chile no existen medios independientes donde desarrollar el periodismo real, el periodismo profundo, ese periodismo de investigación que despierte a los ciudadanos y estremezca a los poderosos.
Pero si existieron en Dictadura, cuando – al igual que el resto de los colegas latinoamericanos – ejercer el oficio de verdad era un asunto de vida o muerte. Las revistas Análisis, Apsi, Hoy y Cauce, guardan en sus páginas, los reportajes de investigación más arriesgados de los últimos 40 años.
¿Qué pasó?
Los dos consorcios periodísticos que hoy dominan la escena y la ideología nacional, Copesa y El Mercurio, estuvieron a punto de quebrar en la década de los ochentas, porque no eran buenos negocios. Pero antes de que Pinochet entregara el poder, recibieron fondos estatales suficientes para sobrevivir durante los diez años siguientes.
Las revistas opositoras al régimen militar, por su parte, se quedaron sin los fondos de la solidaridad internacional al llegar la democracia. Solicitaron entonces ayuda estatal, pero el gobierno de Patricio Aylwin sostuvo que no podía intervenir el mercado editorial. “La mejor política comunicacional es no tener política comunicacional”, declaró Eugenio Tironi, entonces ministro secretario general de gobierno.
Desde entonces, han fracasado la mayoría de los proyectos de periodismo independiente, y se ha consolidado la concentración de los medios de comunicación en grandes grupos económicos enlazados entre sí. Para más detalles, leer “Los Magnates de la Prensa” de María Olivia Monckeberg.
En palabras de Monckeberg: “Se levanta así un cerco de marcado corte ideológico-financiero que incomunica a los habitantes del país, cercenando las posibilidades de establecer un verdadero debate social sobre los asuntos y problemas que nos afectan a todos”.
Una vez que se reconquistó la democracia, el grueso de los periodistas se acomodaron al perfil de estos grandes medios de derecha, y renunciaron al carácter indócil y vigilante de la profesión que eligieron. Optaron por aferrarse a un trabajo estable en un mercado que cada vez tenían más periodistas de los que podía absorber.
Esto que suena comprensible y justificable para la mayoría de los ciudadanos, no lo es tal. Porque el silencio de los periodistas ha contribuido a consumar la desintegración social. La lógica que socializan los medios de comunicación, sigue siendo la misma desde la dictadura: la amenaza del enemigo interno. Antes, los marxistas. Hoy, los delincuentes.
Y ha sido tan exitosa esta estrategia mediática, que la distancia que existe entre el miedo a ser víctima de un delito y la posibilidad real de que esto ocurra, es abismante. A pesar de que vivimos en el país más tranquilo y seguro del continente, junto a Canadá; es probable que tengamos a los habitantes más miedosos del planeta.
El juego del miedo
Casi el 90% de los delitos en Chile son delitos bagatela, es decir, pequeños delitos no violentos que tienen penas aflictivas menores a tres años. El delito más paradigmático, el robo con violencia dentro de la casa, afecta a menos del 1% de los hogares, pero son los que están presentes en los medios de comunicación.
Los delitos más graves, los homicidios, ocurren con una frecuencia anual de cinco por cada 100 mil habitantes, lo que nos pone muy por debajo del promedio latinoamericano, de 30 por cada 100 mil habitantes. Y más de la mitad de los homicidios, son consecuencias de conflictos entre familiares, amigos o vecinos.
Entonces, la violencia relevante tiene más que ver con nuestras familias y conocidos que con ladrones ocultos en la madrugada. El 50% de los hogares en Chile ha sufrido algún evento de violencia intrafamiliar en el último año, ya sea porque el hombre le pega a la mujer o los padres a sus hijos. En el mismo período, uno de cada diez niños ha sido golpeado por sus compañeros de curso y más de un tercio se ha peleado con otros para resolver sus asuntos. A esto se suma que dos tercios de los trabajadores sufren de acoso laboral sicológico: hostigamiento por parte de sus jefes, ley del hielo de sus compañeros, desprecio y burlas. Esta es la realidad que viven a diario los chilenos en sus casas, el colegio y el trabajo, donde pasan el 99% del tiempo.
Un estudio del PNUD de 1998, concluyó que el miedo a la delincuencia no provenía de la sensación de inseguridad callejera, sino que de la sumatoria de diversos temores, "provocados por el debilitamiento de los vínculos sociales y comunitarios". En síntesis, la falta de seguridad humana y, peor aún, la carencia de relaciones solidarias que amortigüen esta precariedad vital.
El problema es que el espacio desmedido que ocupa la delincuencia en los medios de comunicación y en las discusiones políticas, no permite que se hable de otro tema, y esa es la función del discurso de seguridad ciudadana: aplastar las críticas al sistema.

Muy buen artículo
A propósito de los buenos periodistas, justo hace unos minutos leí en otro artículo una frase de Michael Moore: “Nuestros documentales no serían tan provocadores ni causarían tanto escozor si la prensa cumpliera con su deber, informando de las cosas que nosotros terminamos investigando”.